A la vuelta de las vacaciones de agosto de aquel verano de 1989, encaraba septiembre con la preocupación de examinarme de un par de asignaturas que me habían quedado de mi primer curso universitario; es fácil imaginar que concentración y esfuerzo habiendo sido pobres tuviese unos resultados deficientes. Mi preocupación y ocupación estaban en que Cristina me aceptase como novio, ya que su inmensa belleza fisica y su deslumbrante luz de alegría hacían provocar en mi una anomia interna muy dificil de controlar.
Recuerdo que recien sacado el carnet de conducir me agarre un sábado de primeros de octubre el GS azul clarito de mi padre y allá me fui rumbo a Lugo para acercarme a aquel San Froilan que yo hasta la ocasión solo había visto en forma de barracas y fiesta familiar. Cris se había ido con Eva en el coche que la empresa Monforte ponía para el festejo, y no recuerdo a que altura, me habían visto y saludado desde el autocar. Dejado el coche muy al comienzo, cerca de la discoteca Estudio 3 estaba todo lleno de coches por todos los lados, me acerque raudo andando a la zona de las barracas donde habíamos quedado, final de Ramón Ferreiro, viniendo ellas de la estación de autobuses logramos encontrarnos entre tanto bullicio. Paseo por las barracas que recuerdo con gran cariño melancólico en aquellos tiempos Cris era una extraordinaria amante de las sensaciones que provocaban subir en las atracciones feriales de "alto riesgo", le encantaba disfrutar de esa suelta de adrenalina que provocan las situaciones desafiantes de su funcionamiento. Cris era eléctrica, llena de vida, alegre, feliz de poder disfrutar cada segundo de esta vida de una manera sana y dando cada segundo todo lo que podía, le encantaba disfrutar, cuando en ello se estaba, de los placeres que la vida nos pone a nuestra disposición, y yo con mi apatía viviente anhelaba pegarme como una lapa a su maravillosa luz.