Comenzaba el curso en aquel octubre de 1989, costaba arrancarle a Cris una aceptación oficial de noviaje, recuerdo como triste día el provocado por una sedición de mis sentimientos que con relativa facilidad lograban provocar un decaimiento en mi vuelta a Miño para continuar con mis estudios. Gracias a Dios había conseguido arrancarle una cita para el siguiente sábado; Cris mantenía cierta distancia y su acompañamiento siempre estaba presente la preocupación de mi rijosa fama.
Si bien es cierto que me extraviaba su belleza, os aseguro que ya vislumbraba una luz fuerte, fuera de lo normal que yo buscaba cada sábado que Cristina me permitía estar junto a ella.
Nuestras largas caminatas por Sarria revueltas en una gran alegría, con su sonrisa tan amplia, tesoro que yo en mi vida había visto, ni hubiere pensado encontrar en el mejor utópico y onírico escenario.
Alcanzabamos la Navidad, celebrabamos el nacimiento de Jesús y la vuelta a casa para unas vacaciones que seguramente han sido las más felices de mi vida.