Acabamos
ayer mismo de despedir de esta vida terrena a nuestro vecino Bautista, vecino cercano
que con tanto cariño nos recibía en el año 2003 cuando Cris y yo llegábamos a
este barrio. Es cierto que siento la presencia de Cris cada no sé que pocos
minutos de cada día de mi vida, pero de una manera especial con detalles
concretos que, como esta pérdida humana, me hacen vislumbrarla de cuerpo
presente, sonriendo y regalando ternura viva y auténtica. Son esos momentos los
que se me hacen un poco empinados, trato de imitarla y aunque sinceramente creo
haber mejorado, siguiendo su extraordinario ejemplo, su magnífica luz, su increíble
huella; no alcanzo a ver más que la estela de sus virtudes. Me agarro a ellas
todo lo que puedo teniendo muy presentes que:
“nuestro
Dios, no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para ÉL todos viven”
(Lucas 20,38-39)