Fue el año 1994 y Cris trabajando de sol a sol, apasionada de hacer el
trabajo bien, y con una responsabilidad tan llena que paseaba alegremente su
trabajo en la gestoría con Fran de Litmar y disfrutaba de su piso alquilado, a
su tío, en la calle Gregorio Fernández, donde allí vivía con su hermana Ana. En
aquellos años disfrutábamos en las noches de los fines de semana de suculentas
cenas y del hogar que unos jovenzuelos empezaban a ver construir, basados en el
todo de Cris. Cristina construía un camino de autosuficiencia, cargado de amor
y alegría asentada en su trabajo de administrativa, su vida social tan cordial,
fraterna y bonita, portaban a una señorita valiosa como una flor hermosa en el
jardín. Me sentía tan cuidado; recuerdo como un día untando mantequilla, le
nombre que bueno sería tener la mantequilla en estos recipientes que traen la
cantidad suficiente para un desayuno, y no se pone amarilla como cuando viene
en los tarros grandes. Pues allá la pobre, a la semana siguiente, había
gestionado con su querido primo Javier –que llevaba Pascual- una caja llena de
decenas de esas porciones. Sencillamente era una maravilla, una numinosa chica
que como venida a servirme, a mi Dios me la había ofrecido en todo su Ser.
Aquel verano nos fuimos a Asturias, nos metimos en Taramundi y seguimos a
Luarca, Oviedo, Candás, Gijón, Villaviciosa, Ribadesella, se me hace seca la
boca y el corazón casi para de servir sangre al resto de mi cuerpo; me siento
cerca de tocarla, mi Dios cuídamela hasta que me permitas acercarme a ella,
sentarme a su vera y tenerla como tanto la siento, disfrutando de sus ingentes
tesoros.
Que alegría disfrutar de tanto bien, de tano amor,
de tanta felicidad.