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domingo, 27 de enero de 2019

EL ORIGEN. El regalo que Dios me tenía preparado (XIII)


Fue el año 1994 y Cris trabajando de sol a sol, apasionada de hacer el trabajo bien, y con una responsabilidad tan llena que paseaba alegremente su trabajo en la gestoría con Fran de Litmar y disfrutaba de su piso alquilado, a su tío, en la calle Gregorio Fernández, donde allí vivía con su hermana Ana. En aquellos años disfrutábamos en las noches de los fines de semana de suculentas cenas y del hogar que unos jovenzuelos empezaban a ver construir, basados en el todo de Cris. Cristina construía un camino de autosuficiencia, cargado de amor y alegría asentada en su trabajo de administrativa, su vida social tan cordial, fraterna y bonita, portaban a una señorita valiosa como una flor hermosa en el jardín. Me sentía tan cuidado; recuerdo como un día untando mantequilla, le nombre que bueno sería tener la mantequilla en estos recipientes que traen la cantidad suficiente para un desayuno, y no se pone amarilla como cuando viene en los tarros grandes. Pues allá la pobre, a la semana siguiente, había gestionado con su querido primo Javier –que llevaba Pascual- una caja llena de decenas de esas porciones. Sencillamente era una maravilla, una numinosa chica que como venida a servirme, a mi Dios me la había ofrecido en todo su Ser.

Aquel verano nos fuimos a Asturias, nos metimos en Taramundi y seguimos a Luarca, Oviedo, Candás, Gijón, Villaviciosa, Ribadesella, se me hace seca la boca y el corazón casi para de servir sangre al resto de mi cuerpo; me siento cerca de tocarla, mi Dios cuídamela hasta que me permitas acercarme a ella, sentarme a su vera y tenerla como tanto la siento, disfrutando de sus ingentes tesoros.

Que alegría disfrutar de tanto bien, de tano amor, de tanta felicidad.