Para Cris no existían momentos, fiestas o
celebraciones en cuanto a resaltar el continuo desprendimiento hacia los demás;
lo que para una inmensa mayoría de humanos nos toca, y con gran providencia y
bienvenida, abrazar para paliar nuestra carestía diaria. Dicho esto, ello no
quiere decir que no le encantase reunirse con la gente; desgraciadamente las
enfermedades carcomieron mucho de su innata germinación de fiesta
transparentemente llena de amor.
Recuerdo sus estancias, nada más acabar el San
Juan, en la Manga del mar Menor, allí acompañada de su amiga Lidia buscaba en
los barros y agua caliente, amortiguar tanto daño en su salud. Venía sonriente,
muy morena y sobre todo alegre de estar rodeada de personas que iba conociendo
año tras año, y nuevas amistades que me contaba con gran algarabía y
profundidad.
Nunca dejó de sobrevivir a tanto medio hostil,
principalmente la enfermedad que derivaba en un inevitable y lacerante ataque a
su luz de todos los que la rodeábamos y amábamos. Cris siempre sacaba de su
corazón, ignorante de ser atacado por la enfermedad, una sonrisa y un abrazo
que darte, no cejando en su empeño hasta su muerte terrena. Quien sabe si no
encontró otra solución para seguir queriéndonos, desde lo alto de su alma, allí
en el Cielo, sea verano, sea festivo, sea frio, sea alegre… Cris sigue
regalándonos Amor, visto que en la tierra se veía imposibilitada por la
enfermedad y por los que la rodeábamos. Cristina nos enseña sin protestas, sin
malos modos, con dulzura y siempre comprometida con los demás a ser
considerados en las necesidades y
debilidades de todo Ser. Sin rechistar se fue buscando donde poder seguir
haciéndolo y mostrándonos el camino expedito para dar cariño a esas personas
que nos encontramos tan abandonadas.