Que el
cariño se convierta en la base de las relaciones familiares, desde arriba hacia
abajo y desde abajo hacia arriba. La frecuente dejadez y abandono del amor a la
familia, con la sensación de que con regalos ya se cumple; y cuando hace falta
vaciarse en dedicación y esfuerzo, amor puro al fin y al cabo, no se escuchan
más que disculpas, excusas regadas de falta de tiempo y que tengo mucho
trabajo. Traigo a colación un proverbio que lo define certeramente: “el
progreso material, cuando no está animado por un impulso espiritual, arrastra a
una decadencia que nace en el hastío”.
Ya
Aristóteles señalaba lo natural del amor de padres a hijos, la belleza matrimonial
que implica la apertura hacia los hijos. Dios quiso que Cris y yo no fuésemos padres,
Cris hubiese sido una madraza y hacía sentirse amado a toda persona que conocía. Así como buena hija,
amaba a sus padres, convirtiendo en bendiciones tanta generosidad y amor hacia
ellos. Y que decir a su esposo, me amaba por encima de todo, tanto amor ha
desbordado mi corazón, que late con cadencia de olvidarse de este mundo, para
acercarse al espíritu de Cristina lleno de amor por encima de todo.