Cris mantuvo la bonita costumbre de felicitar la Navidad con su puño y letra. En su falta, yo he querido seguir con la misma tradición, y esta semana he estado escribiéndolas, creo recordar que sobre veinte, y puedo asegurar que es un momento mágico, tan emocionante como emotivo. La recuerdo yendo con ella a comprar las postales, los sellos y luego en casa escribiéndolas. Me preguntaba que me parecía, si me gustaban, y me pedía consejos, que me orientaba siempre a la atenta particularidad de cada remitido. Dedicaba dos o tres sobrecenas a escribirlas, y esos momentos se convertían en una maravillosa celebración de las Pascuas Navideñas. Transmitía todos los valores y sentido que nos trae la Navidad; tanta alegría, que no solo se componía de su bella sonrisa, sino que traspasaba ese momento, te dejaba como cuando se alcanza una meta, la de verte henchido de amor al sentir que lo que escribes sentidamente, se vuelve hacía ti engrandecido: “hay mayor felicidad en el dar que en el recibir” [Hch 20,35]. Momentos que rezumaban grandeza como ser humano, como hijos de Dios, todos juntos, como la familia que formaban María, José y su recién nacido niño Jesús, nos viéramos en cada hogar convertidos en ese tesoro que nos vino dado y que cada año celebramos con entusiasmo, fe y esperanza.
Yo, esta semana volví a sentirlo, a sentirla, Cris es ahora la que me aconseja, la que me guía, la que vela por mi, sin abandonarme, porque junto a ello sigo felicitando la fiesta más hermosa, más gozosa, más santa: la Natividad de Jesús.