Por estas fechas tan señaladas suelo releer el cuento escrito por Charles Dickens, y lo hago para insistirme en la perentoria necesidad de estar siempre atento a nuestra actitud en nuestro caminar humano. Debemos estar vigilantes, ya que es de suma facilidad coger un camino equivocado. Esta aleccionadora obra de Dickens me hace siempre reflexionar, me invita a perseguir a la bondad como tesoro omnímodo. Enseñanza para librar nuestra desgracia y alcanzar sabiduría para adentrarse en este mundanal bosque sagrado de concupiscencia, avaricia, materialismo y egoísmo.
De la misma manera adentrarme en el alma de Cristina me permite asistir a una escuela rica en el amor, la virtud de las virtudes. Nuestra vida se encuentra llena de tortuosos pecados, eso no es antinatural en nuestra naturaleza, ni nos condena de por sí al peor de los avernos. Tenemos en nuestra mano ayudas que se nos brindan producto de no poca misericordia. Después de este tesoro que tenemos en nuestra vida terrena, es seguro que tenemos el paraíso; para ellos nos queda corregir nuestras debilidades y buscar ser buenos, abandonados al amor para con los demás. Cada cual con su terapia, pero ese es el objetivo que de verdad tiene premio.