La había visto paseando con un perrito por la Rúa Peregrino, no mucho tiempo antes de conocerla, cálculo septiembre de 1988, a la altura donde está ahora el edificio de la Fisioterapia, y por esa acera. Ella, esbelta, cándida y muy guapa, con ese cabello mágico que siempre tuvo, no le hacía falta nada más que lavarlo y le caía tan suave, tan brillante, tan lindo como era ella por dentro.., que decir, que me cautivó, había provocado en mí una admiración física que un chico de 18 años tiene en su total plenitud.
Se celebraba un "baile" de Instituto (yo ya estaba estudiando en Ferrol) compartido con FP, cosa que en mi época nunca había sucedido. Añorando nuestros divertidos bailes (así se les llamaba) acorde con mi amigo Páramo ir a disfrutar del mismo. La discoteca Litmar, la que más tarde sería su casa profesional, amiga y hogar fraterno, que "cosa terrenal" que tocaba Cristina no se convertía en algo especial, sublime en definitiva divino y fuera del alcance de las persona normales que mayoritariamente poblamos la tierra. Unas miradas, unas sonrisas, una solicitud de baile, unas conversaciones, una belleza inmensa y mi yermo corazón sentía en cada contracción el regalo que Dios me tenía preparado.
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