En los últimos años de la vida humana de Cris, prácticamente todos los
domingos íbamos a comer a casa de su madre. El sábado anterior al domingo 18 de
octubre de 2015 (día de su óbito) su madre telefónicamente le preguntaba si íbamos
a ir a comer el domingo, y Cris que se estaba muriendo, le contestó que no.
Recuerdo que dudó, ya que su Amor intentaba superar a su desfallecimiento. Tan llena de bondad, generosidad y santidad
aguantaba increíble el sufrimiento que provoca estar llena de trombos, y de
esta vez uno tan grande que le iba obstruir, hasta dejarla sin vida corporal,
la arteria pulmonar.
Cuanto amor para poder sobrellevar durante tantos años, desde el 2011, sin
un pío más allá de achacar tanto sufrimiento a la artritis reumatoide. Tan
triste y desgraciada historia, solo nos puede mover, en las personas que la
queríamos, a disponer de bondad, generosidad, humildad, paciencia,
felicidad,...,Amor.
De todo ello tenemos que alimentarnos y encontrar que tanto tesoro nos ha
llegado como un regalo divino, el cual tenemos que propagar. Porque recordar a
Cristina nos permite alcanzar ser mejor persona, nos permite tocar la dulzura
de sonreírle a la vida y todo su contenido. Que recuerdos tan fructuosos,
porque recordarla es ver el bien, es poder vislumbrar alegría donde no parece,
es poder recibir bondad sin esfuerzo en nuestra parte. Recordarla es llorar,
verse con la tristeza por no tenerla en carne, es derramar penuria al verla
sufrir. Tenerla presente, rezar por y con ella, hablar de y con ella, es
vivirla y sentirla tan cerca y tan bien,
que conmueve nuestro organismo para encontrar el paraíso. Su sonrisa siempre presente,
nunca olvidada, nos inunda en su amor para Amarla y no cansarse nunca de Amar.