Celebramos hoy un día que hace grande el Amor entre humanos, proveniente
del Amor existente en esa familia de Nazaret que recién estrena paternidad del
niño Jesús, buscó en Belén un lugar donde dar a luz a su hijo, el primogénito
encarnado de Dios. No quiero, ni pretendo que parezcan palabras hechas, con un
sentido paternalista y manidas en discursos y homilías. Lo que pretendo mostrar
es la importancia del amor familiar, en el se sustentará toda una sociedad que
formaremos la gran familia de hijos de Dios.
Después del amor que nos une a Dios, el amor conyugal es la “máxima
amistad”. Yo con Cristina lo he sentido y vivido con gran intensidad; siempre
en su búsqueda del bien mío, intimo, tierno, estable. Nuestra unión matrimonial
no pudo tener descendencia, pero ha sido y permanece en una exclusividad
indisoluble, que se expresa en el proyecto estable de compartir y construir
juntos toda la existencia. Nuestra unión que cristalizó en la promesa
matrimonial para siempre, es más que una formalidad social, es una alianza que
reclama fidelidad, ayuda, generosidad, comprensión, paz, alegría y amor. Con su
ayuda y ante nuestro Padre, nos casamos con
unos determinados compromisos, sobremanera con la firme opción de pertenecer el
uno al otro.
Ha sido tal la maravilla que he encontrado, que sigo amando a mi esposa
Cristina con un amor puro, un amor joven, un amor que Cris no deja de alimentar
desde su Espíritu, que se vuelve tan cálidamente acogedor en sus brazos, en su
pecho inmenso en bondad y dulzura. Desde esta humilde y pequeña, en número,
unión matrimonial, queremos reflejar que no existe nada más maravilloso y
extraordinario que formar una familia que busque el amor de nuestro creador;
aportar y extender toda riqueza al resto de humanidad y al mismo tiempo permanecer
abiertos con corazones humildes a recibir tanta riqueza de tantas y tantas
uniones matrimoniales. Que magnífico Sacramento.
¡¡¡Viva la Familia¡¡¡