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domingo, 11 de octubre de 2020

Tan querida Cris

 

Existe tanta bondad en Cris, que mi insistencia y repetición probablemente resulte tediosa y llegue a construir una posible reacción de hastío. Una sensación de pedantería levantada por mí, que en nada ayude y derive a embelesar los sentimientos de las buenas personas, que se acercan a este baúl panegírico de amor de Cris. Mil perdones si no logro estar al nivel que Cris merece, por exceso y también por defecto, ya que recuerdo a tantas personas que me acercan el amor a Cris, como seguro que me olvido de reflejarlo de otras tantas muchas.

Me golpea, en mil y una veces, la súplica de Cristina, que abandone el compartir esta veneración que dice no merecer y que tanta vergüenza le produce. Yo la escucho, con todo mi corazón, y por Dios siento que, en no pocas ocasiones, se me desgarra, se me entrecorta en su vital función. Pero silente y desobediente, sigo en esta mi obsesión por decirle al mundo quien es Cristina; y sin falsa modestia, me veo tan débil que me agarro a la fe más maravillosa, y pidiendo perdón contrito en esta mi insistencia.

En este camino del perdón, prosigo con las personas que tanto merecen el amor de este blog, y aunque saben que lo más importante es todo lo que Cris les quiere, en verdad lo siento y pido perdón si se encuentran olvidadas. Y es que Cris es tan querida, que cada verano llamaba a su corazón una mujer buena, y que me llena el alma de esa generosa fuerza que todo emigrante lleva consigo. Llegaba de Venezuela: ella, sus hijas, nietas y anteriormente su querido y difunto marido. A Cris se le llenaba el depósito del amor, y la veía feliz en su compañía, que me regala en un relato cargado de emoción, que como si fuese hoy mismo, me sigue llegando.

Y con estos mimbres, con seguro aderezo de egoísmo por mi parte, le suplico a Cristina que me permita desobedecerla una vez más, en la secuencia de este empeño.

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