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domingo, 21 de noviembre de 2021

HOGAR DEL AMOR

 

En sus últimos cinco años de dolor y camino de su muerte terrena, Cris me hablaba breve, pero entregada, llena de profundidad, de calor y de vida. Yo no comprendía todo y alejado, por el cansino declive, me dejaba ir sin conmiseración hacia la tempestad, de la criminal desidia y pavoroso abandono. Y Cris era la flor del campo, el pájaro del bosque. Dichosa, amorosa, siempre digna, maravillosa, siempre positiva y comprendiendo su vida desde el lado más humano y, me atrevería a decir, desde el lado más espiritual; viéndose que su vida humana fenecía en el olvido de médicos, amigos, familiares y marido.

Cristina a veces ingenua, jovial y también siempre enferma, casi diría que agonizante; no obstante delicada, fresca, casta, sufrida, sincera y, con todo, muy feliz. Siempre su sonrisa envuelta en amor, que me permitía permanecer a su lado ocupando la sede más bella del mundo. Dejo un legado, dejo un hogar que es todo amor, en el que me nutro para poder ser mejor, para poder sobrevivir y vislumbrar un mundo más bello, más caritativo; en definitiva más lleno de paz desde la atalaya que Cris construyó para mí.

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