No existe lugar como en lo más “adentro”, como en lo más interno, más profundo de uno, en el cual uno puede ver con mayor claridad los caminos de nuestro Ser. Como un buceador llegar a profundidades abisales le resulta incompatible con la vida humana, a nosotros nos resulta angosto alcanzar, por un lado una vida humana virtuosa y necesaria como la espiritual; de esta no me estoy refiriendo a estar en la introspección de parálisis levítica, que nos lleva a un estado más propio de un espectro y poder caer en un mundo alucinógeno no recomendable. Dicho lo cual y después de este exordio, a donde quiero llegar es a denotar lo beneficioso que nos viene mantener cierta disciplina y hábitos de silencio, reflexión, parálisis cotidiana, retiro espiritual o como cada uno pueda compatibilizar con su idiosincrasia, creencias, capacidades o demás dotes personales.
Desde la profundidad de mis mares, que como todos sufren corrientes y temporales nocivos, yo veo con claridad ese tesoro que nos ha dejado Cris. Como tengo archirepetido, yo probablemente sea al que más ha dejado. Su tesoro es tan profuso en virtudes que no me es posible acapararlo todo. Una que no cesa, y ojalá nunca lo haga, es ver su calidez, que envolvía como ella un amor infinito endulzado con una bella supersonrisa. Cuantos y tantos momentos recurro a verla, para poder con ello ser un poco mejor; en esos momentos vislumbro tanta riqueza que soy capaz de recoger alguna, y salir a flote con más vitalidad, más humanidad, más alegría, y no hundirme en mis miserias, para seguir un camino que con demasiada frecuencia se me oscurece.
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