Recuerdo
como cada domingo yo me iba a misa de 12.00h en Santa Marina, y Cristina, en
sus últimos cuatro años de vida terrena y producto de sus graves enfermedades,
se quedaba más veces en cama que asistía a la misma. Pero siempre, menos un
día, me hacía pasar a mirarme, para glosarme, sonreírme y quererme tanto que
ahora a uno se le hace sinuosa la travesía vital terrena.
Ese
cariño de Cris no lo hacía solo conmigo, sus conversaciones giraban en casa
entorno al bien, a la fantasía del disfrute entre los humanos, para ayudarnos y
querernos los unos a los otros. Diríase de Cris fuese fiel seguidora de Platón
en su mito del amor. Cuando de vez en cuando y con un esfuerzo increíble, que
dentro de su santidad, engullía el calvario que las enfermedades la estaban
maltratando y abocando a su desaparición humana, aparecía junto al Señor, y yo sentado
en el presbiterio la veía sentada en la esquina de un banco buscando el calor
de la calefacción, mi corazón latía a un ritmo diferente y no por ser yo especial
sino por serlo ella.
En la
Eucaristía de hoy, su luz mostraba su presencia.
En tu presencia renace el bien,
y todos nosotros nos acomodamos para disfrutar
tu belleza, tu honestidad, generosidad y alegría.
En tu presencia todos nos sentimos protegidos.