Me
acerco a Río, como Cris llamaba al pueblo donde nació, a almorzar como todos
los sábados y domingos con Virginia, la increíble madre de Cris y el resto de
su familia. Es primavera y las flores aparecen, para adorno de nuestra mirada,
veo los prados y caminos luciendo su mejor cara e imagino a Cristina revoloteando
como una niña vivaz, buena y alegre como todo el mundo me la describe.
Ha tenido
que ser este indolente mundo quien nos haya apagado a la flor más hermosa. Cris
se fue de la tierra sin rechistar, cargada de enfermedades, padeciendo muchísimo
y regalando todo lo que podía. Sin molestar pasó al cielo, como una invitada
preferente donde la esperaban con alegría y extraordinaria hospitalidad.
El tesoro
que tenía en la tierra me espera ahora en el cielo, siempre esperándome,
siempre dándome lo mejor que tenía y tiene para mí. Todo un tesoro que no fui
capaz de valorarlo en su justa medida, hasta que de un modo divino,
complaciendo a todo el mundo su vida humana se apagó.
Bendita
seas Tesoro Cris. Vivamos a Cris