Casi
diariamente visito a Cris en mi paseo en las tardes, esta semana bajando por la
Corga del Convento me encuentro como muchas veces, en la época donde el frío y
la noche escasean, con el Sr. Álvaro, persona entrañable con la cual
intercambio unos buenos minutos de tierna conversación, mayormente sobre los
pelegrinos, sus trabajados bastones en reflejo alegórico de nuestro brillante y
divino “Camino de Santiago”. Y yo como ambiguo errante caminante, disfruto de
una maravillosa contrición dibujando sobre mi figura un reflejo maravilloso de
tanta enseñanza donada por Cristina.
Pero a
lo que voy, los momentos que tanto disfruto con mi querido Sr. Álvaro
resultaron un día de esta semana cargados de alegría, cuando me recontaba
(pasado el primer cuarto de las 7 de la tarde) que su esposa lo llamaría para
calmar un estómago que ya en estas horas vespertinas se ve necesitado. En
concreto uso los siguientes términos para referirse al particular: “ya luego me
berra” a lo que le contesté con un impulso desordenado y totalmente falaz: “a mí
ya no me berra nadie”; su cara se volvió compungida, a lo que yo inmediatamente
sonreí y le hablaba como contradiciendo a mi corazón que sangraba dolor humano,
que personas como el Sr. Álvaro supuran con tanto cariño.