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domingo, 17 de marzo de 2019

Sencillez y dulzura de vida


Existen tantas formas de disfrutar de Cristina que a Dios gracias me veo relatando y relatando tanta virtud que no clarifico el fin. Veo la Luz tan brillante e intensa que sigo en mi lucha, obviamente lucha vista como una metonimia.

Cris nació sencilla, en una familia humilde, criada con mucho esfuerzo y con una madre tenaz y trabajadora que le dio todo su trabajo para hacerla lo más sabia e ilustrada posible. Todo el pueblo de San Martín de Rio la quería con locura, ya desde muy niña era todo un festival de alegría, sencillez y amor.
Es la sencillez lo que precisamente hoy quisiera vivir, la conocí un 9 de junio de 1989, en la que después sería su casa, Litmar; ví una preciosa joven que escondía una sencilla y gran vida humana.  Desde mi cómoda visión, de humano criado en un ambiente de bienestar epicumérico, su sencillez en el trato, siempre olvidándose de ser primera protagonista, extremadamente educada en las formas y con una visión tan amplia llena de ternura que ofrecía a todo el mundo por igual, me llego a descubrir otro tipo de humanidad. No mutaba o adaptaba su actuación dependiendo de si trataba con un rico o un pobre, una mujer o un hombre, un feo o un guapo. Ello no quiere decir que además fuese especialmente aguda en su empatía, simplemente quiero transmitir que su carácter era auténtico siempre y siempre.

La sencillez que ofrecía no dejaba de ser profunda en su contenido, pero no compleja y rebuscada, Cris hasta su último suspiro siempre trato de dar de si, de vivir la vida humana con el gran objetivo de pegarse con cariño a las personas con las que se cruzaba; su temible deficiente salud, en ciertas ocasiones le resquebrajaba su plan de vida, que era sencillo y muy dulce.