Como de una prolongación en la tierra de la sangre
de Cristina, cada fin de semana siento las caricias de Cris del vientre que la
fuere convirtiendo en un ser humano extraordinario. Este sábado, a la hora de
costumbre, saliendo de Cáritas, me encuentro con la churrería Don Pepe que
siempre se acerca por el San Xoan, y como un haz de buena luz me llega lo
cuidadosa, con los detalles cargados de amor, que Cris tanto me enseñaba y
ahora me ilumina.
Adquiero por tanto unos churros para llevárselos a
mi suegra Virginia y, como detallo al principio, siento el calor de Cristina
muy cerca. Mis actos tan ínfimos como llenos de ilusión, prototipos del bien, vacíos
de desaliento y enriquecidos en su amor; provocan un llanto jubiloso que me
mantiene y me hace sentirme, profundamente amado.