Vivimos el tercer domingo de Cuaresma, tiempo de penitencia, magnífico
sacramento que nos hace reconciliarnos con el Señor y, como no, también con
nosotros mismos. Nos hace mejores, nos hace volver nuestra mirada a cuestiones
en verdad maravillosas para nosotros. Es cierto que pedir perdón nos cuesta, y
lo vemos en demasiadas ocasiones como una quimera y en no pocas como
innecesario. El fin del contenido de este baúl de amores que Cris nos ha dejado
y persiste con su alma tan activa, como era ella cuando la conocí, recuerdo
como le gustaba disfrutar de las atracciones feriales en parques o fiestas
populares; cuanto más impactante mejor. En fin, vuelvo tras esta breve y bonita
digresión a disfrutar de su Amor, Amor también recibido en forma de perdón, pues
os puedo asegurar que lo recibí en muchas ocasiones producto de su increíble
misericordia. Con las distancias oportunas me acuerdo de Gal 3,20 “Me amó y se
entregó por mí”. Sentí en cada minuto, casi diría que en cada segundo de la
total entrega, transparente, torrencial, jugosa y extraordinaria, como todo su
ser.
Para mí, vivir la Cuaresma, con cristiana intensidad, me traslada a prepararme
lo más limpio que el Señor me permita, y vivir feliz nuestra gran fiesta, la
Resurrección del Señor. Y también la resurrección de Cris, abrazar mi pena en
su presencia y, como no, pedirle perdón de mis faltas para con ella, y como no disfrutar
de su vivificante estado.
Puedo asegurar que son momentos llenos de alegría y plenos en su amor. Cris
también me amó, y se entregó por mí para siempre, sin pretensiones, ni vanidades,
con todo su amor y con toda humildad.