Estos días los humanos estamos sufriendo un momento difícil, un virus nos
pone “patas arriba”, y nos desconcierta tanto que en no pocas ocasiones nos
deja vislumbrar grandes corazones. Y nos ha tocado en la Cuaresma, pero no
debemos confundirnos, el Señor no nos ha mandado tal penitencia. El nos
contempla libres en la tierra y solo espera que nuestros corazones se unan en
el bien, y unidos en oración (manera de comunicarnos con El) encontremos la
alegría y la paz de corazones repletos, que solo, y en ciertas ocasiones, se
encuentran medio paralizados, inundados en nuestra creencia del ser
autosuficiente y sobrado de todo.
Que alegría me produce poder acercarme a Cris con tanta ternura en este
momento. Conociendo a Cris, os puedo asegurar que en esta situación estaría muy
nerviosa, no era su fuerte el afrontar incertidumbres, pero sería toda ayuda,
toda paciencia, toda compresión.
Su marido, su Filo, su gorrión, sus hermanos,…, sus seres queridos le provocarían
un estado de cierta intranquilidad. Recuerdo cuando en el terremoto del 22 de
mayo de 1997 a las 01.50 horas, yo en Miño y ella en Sarria, a través del
teléfono, fijo en aquel momento, le oía con una voz temblorosa, pero a la vez
cargada de enérgica protección: “tranquilidad, tranquilidad”, y como sacando
fuerzas de su inmenso corazón se mantuvo al teléfono un rato para interesarse
por mi e informarme, antes de abandonar la casa, en Matías López de aquella, en
busca de un espacio abierto.
Aquellos recuerdos maravillosos de su preocupación, su amor dado a todos en
momentos de gran tensión y dificultad; os aseguro me ayudan a encontrar
paciencia, compresión y ayuda a los demás en estos otros. Estos sentimientos de
cercanía a Cris nos hacen mejores, porque de ella solo recordamos lo que solo
podía ofrecernos, mucho amor, mucho amor.