Veo a
personas visitando los techos de la Catedral de Santiago, y veo a Cristina
disfrutando de nuestra visita, realizada hace poco más de dos años. Que ganas
de interesarse por los más pequeños detalles, de sonreírle a todos, de
preocuparse por si alguien tenía un problema o desconocía algún tema en el que
ella pudiera aportar; incluso con su pizca fantasiosa que todos sabéis que
tenía, y que yo con mi timidez y cierto acomplejamiento transitaba con no poca
vergüenza.
Pero
Cris estupenda ella, transparente como el agua de una virgen fuente de los
Picos de Europa, no tenía nada que le impidiese dar y recibir cariño,
convivencia humana con nobleza, honestidad, dedicación y felicidad. Su luz
debemos intentar absorberla, comerla a
bocados sin protección, porque no nos hará daño aunque estuviésemos expuestos
las 24 horas del día.
Vivamos a CRIS mucho, mucho. Seguro que merece la pena.