En 1996 seguía estudiando, me encontraba en cuarto de Ingeniería Superior
Industrial. Cris siempre quería lo mejor para mi, se sacrificaba horas y horas
trabajando duro para mi libertad. Durante este año se traslada de piso,
abandona el que tenía en la calle Gregorio Fernández para irse a uno en la
Calvo Sotelo, a una casa unifamiliar con dos pisos, de la señora Manuela, viuda
reciente que yo ya conocía de niño, cuando acompañaba a mi madre a casa de las
hermanas, que eran modistas. En aquella casa vivió durante cinco maravillosos
años, y viví con ella los fines de semana, y siempre que podía me quedaba con
ella. Fue 2006 un año maravilloso, si es cierto con el sufrimiento de unos
estudios que no me gustaban y que por tanto me hacían sufrir más de la cuenta,
y encontraba el consuelo en una persona increíble, abnegada hasta la
extenuación dejaba su esfuerzo en un amor que me daba y que yo jamás imagine
pudiese existir.
Durante el verano de 1996 íbamos por las tardes a andar en bicicleta, bien
con los amigos Cris y Manolo de la Ceca ó bien con mi hermana Begoña. Yendo con
Bego, por el desvío del Polígono de San Julián da Veiga, los tres en hilera y
Cris delante, en una de estas le digo “acelera” y la pobre siempre haciéndome caso,
imprime con todas sus fuerzas impulso a sus piernas, y ella que nunca fue dicha
de habilidad,…, cruza el manillar y sale por los aires por encima de la
bicicleta, impactando su brazo derecho y su cara contra el asfalto. Lo típico
en Sarria, urgencias en el ambulatorio: ”no tiene nada”, pero el inmenso dolor
nos lleva a la Residencia. Así añadimos un sufrimiento más a su larga vida de
sufrimiento, escayola, cabestrillo y muchas, muchas secuelas en codo y muñeca
que tardaron en ser abortadas. Ella incluso con este hándicap, no cejaba en ser
dichosa y feliz con su amor, que he recibido y siento indescriptible en su
belleza.
Gracias, Gracias Cristina. Sabes, mi egoísmo sigue intacto y te sigo
suplicando por tu amor de este modo, y lo siento, lo vivo y me sigo alimentando
de tanto regalo.